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La actitud básica durante la práctica de Danza Primal

Shakti y Shiva: la meditación extática

 

En tanto práctica meditativa, la Danza Primal incluye y al mismo tiempo trasciende la búsqueda de objetivos personales (sanación, desarrollo personal, encuentro, etc.) procurando acceder a los planos transpersonales de la existencia.

Para ello, el desarrollo de la actitud meditativa es una condición básica.

En este modelo, tal actitud se despliega mediante la integración de los principios femenino y masculino, en los rostros paterno y materno de Dios. Esta dinámica de principios interactuantes aparece en muchas tradiciones, tal como el Yin y Yang de la cultura china, pero quizás su expresión más rica y bella encarna en la tradición tántrica, en la unión de Shakti y Shiva. Según esta tradición, Shakti expresa el principio femenino, que descansa dormido como energía latente en la base de la columna vertebral de cada ser humano. Mientras que el principio masculino, Shiva, desciende desde lo alto para fundirse con su amada en un abrazo kósmico.La unión de ambos principios produce el despertar de la energía y la conciencia. Esta concepción, mucho más allá de los símbolos, es una excelente metáfora de lo que ocurre en el cuerpo energético cuando el trabajo interior activa las energías dormidas (kundalini).

Concebimos al principio femenino manifestándose en la creación, en la naturaleza, en el flujo de la existencia, en la vida misma en sus mil colores. Y lo honramos en las experiencias luminosas, en el trance, en el éxtasis, en la celebración de la vida. Ante el principio femenino procuramos que nuestros alumnos desarrollen la capacidad de entrega, la rendición, la inmersión en el flujo de la vida, el perderse en la totalidad, el diluirse en la dulzura de Shakti.

En nuestros seminarios Shakti se manifiesta en danzas extáticas, jubilosas, místicas, devocionales y en todas las formas de encuentro humano, como la celebración, el abrazo, la caricia, las miradas que se funden una en la otra.

Para realizar a Shakti nuestros alumnos deben aprender a perderse a sí mismos en su océano de amor, abandonar sus límites egoicos poco a poco, naturalmente, hasta verse inundados de luz y gozo devocional, tanto en el encuentro con sus compañero-as como en su apertura hacia la Divino, que por supuesto, van juntos.

En este aspecto, la Danza Primal se parece a muchos otros sistemas que ponen su énfasis en la intensidad vivencial, en la experiencia viva, en la entrega a la emoción, al afecto, al cuerpo.

Sin embargo, esto es sólo la mitad de la historia, pues junto con esta actitud hacia lo femenino, procuramos también desarrollar una actitud equivalente hacia el principio masculino, hacia Shiva, hacia el Yang. Tradicionalmente este principio, más que ser abrazado en la entrega jubilosa al flujo de la vida, lo es en elencuentro con el vacío original, con la Fuente Primordial, con la observación ecuánime de la realidad desde el testigo transpersonal.

Mientras honrar el principio femenino nos lleva al éxtasis, honrar el principio masculino nos lleva a la meditación silente. 

Por motivos genéticos, psicológicos y culturales, la mayoría de los seres humanos desarrollamos una disposición sesgada hacia uno de estos principios, lo cual puede producir serios desequilibrios.

Esto se complica aún más, puesto que el mismo desequilibrio puede llevarnos a desarrollar manifestaciones desvirtuadas o hipertrofiadas de estos principios.

Cuando el principio femenino se disocia del masculino, la entrega al éxtasis puede convertirse muy fácilmente en romanticismo retrógrado, en una tendencia a perderse en las relaciones emocionales sin capacidad de mantener límites saludables; en adicciones, promiscuidad, experiencialismo exacerbado, hiperdependencia de los otros, carencias afectivas, labilidad, inestabilidad emocional, el aquí y ahora mal entendido, etc.

Por su parte, el principio masculino disociado, puede llevar a una actitud distante, fría, hiperracional y desafectiva. Esto puede acompañarse de una gran dificultad para establecer y sostener vínculos, para el encuentro, para el disfrute, para la alegría y el gozo. En esta modalidad, la aceptación del inabarcable misterio de la existencia se torna imposible, y la vida se limita a una búsqueda de respuestas racionales donde la transracionalidad se hace inalcanzable.

En función de los mismos motivos genéticos, psicológicos y culturales que determinan estas tendencias desequilibradas, la mayoría de las personas busca incorporarse a grupos o elige métodos de desarrollo personal que, habiendo sido creados por personas con los mismos desequilibrios, no hacen más que aumentar la disociación y deteriorar aún más la personalidad. Los grupos en los que se hace hincapié en ese aspecto de la realidad en el que más nos hemos desarrollado, son espacios en los que nos sentimos “cómodos”, a gusto, pues allí no hay grandes desafíos, nada que nos lleve a saltar a un espacio desconocido; todo ocurre dentro de lo “normal”, pero la auténtica transformación nunca ocurre.

Las personas “vivencialistas” adoran los talleres experienciales donde todo pasa por el cuerpo y las emociones. Necesitan ansiosamente el contacto físico, tocar y ser tocados, sentir, entregarse, buscando saciar una sed que nunca es saciada. Mientras tanto, el verdadero desafío, que implicaría enfrentarse a la soledad desarrollando una mirada serena y meditativa desde el silencio y la quietud, nunca llega. Todo lo intelectual les produce rechazo y lo descalifican agresivamente. Sólo la dimensión emotiva aparece como real ante su mirada, y quien no participa de ésta es un “intelectualoide” que no sabe nada de la vida “real”.

Las personas racionalistas, por su parte, adoran los cursos en los que todo pasa por sentarse en una silla durante horas, mientras alguien les explica en qué consiste la vida. Mientras tanto, ningún encuentro se produce con sus emociones, con sus carencias, con su cuerpo y mucho menos con sus semejantes. Todo lo emocional y afectivo les produce rechazo y también lo descalifican agresivamente. Quien no participa de su mirada es un primitivo mamífero carente de inteligencia.

De esto se desprende que lo mejor que puede pasarnos en un seminario es sentirnos al menos un poco incómodos, es decir, percibir que estamos llegando a un espacio donde algo de nuestra estructura va a ser desafiado.

Esta disociación entre los principios femenino y masculino se ha expresado incluso en el seno de la misma psicología transpersonal, en la cual, autores muy arraigados en uno u otro conciben sus diferencias como irreconciliables. Intelectualmente, en el estricto plano de sus teorías, estos autores parecen integrar ambos principios, pero en sus manifestaciones “entre líneas” sus actitudes concretas expresan lo contrario. De este modo, terminan apareciendo como contradictorias e irreconciliables, posturas que en realidad son paradójicas, lo que es muy distinto. Entonces los problemas se convierten en dilemas, y dentro de la estructura dilemática la integración se torna imposible.

Su buscáramos una metáfora para ilustrar la manifestación de estos principios, y esto es sólo una metáfora, no un reduccionismo biologista, podemos encontrar una muy ilustrativa en el óvulo y el espermatozoide en el momento de la fecundación.

Siguiendo el patrón del óvulo, quienes se sienten inspirados por el principio femenino parecen sentir que la divinidad es algo a lo que hay que esperar de manera pasiva, como aquello que llega, inspira y transforma por sí mismo.

Siguiendo el impulso del espermatozoide, quienes se sienten inspirados por el principio masculino parecen sentir que la divinidad se encuentra en el futuro, hacia arriba y adelante. Es decir que para ellos lo divino es algo esencialmente trascendente, y al igual que el espermatozoide, buscan alcanzarlo, realizarlo, lograrlo, en una búsqueda ascendente, esforzada, solitaria y muchas veces ascética.

Observar una filmación donde se puede apreciar la forma en que un óvulo fecundado se inserta, se anida en las paredes del útero, fundiéndose en el universo mayor al que pertenece (el organismo materno) es una experiencia sobrecogedora. El óvulo y el espermatozoide ya integrados buscan anidarse, fundirse en aquello a lo que ya pertenecen por naturaleza (las paredes del útero)y uno se ve tentado a especular de qué forma esa memoria puede quedar grabada molecularmente buscando reactualizarse a lo largo de la vida.

Obviamente, así como la fecundación (y por ende la nueva vida) sólo se produce por la integración del óvulo y el espermatozoide en una totalidad mayor en la que ambos “mueren” a su identidad previa, la iluminación sólo se realiza en la integración de los principios yin y yang, en la conciencia no-dual, que implica la muerte mística, la trascendencia de la personalidad ordinaria.

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