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Observar y abrazar, entrar y salir.

En la práctica de Danza Primal hacemos mucho hincapié en la necesidad de sanar esta disociación que tanto sufrimiento conlleva, brindando elementos teóricos y prácticos para el desarrollo de un actitud básica que hemos denominado observar y abrazar, entrar y salir.

A lo largo de toda la sesión, invitamos a los participantes a entrar plenamente en la experiencia de cada chakra (tal como se explica más adelante), a danzarlo con absoluta entrega, a rendirse a su influjo, a aceptar incondicionalmente todo lo que aparezca en la conciencia y a expresarlo con absoluta libertad.Sin embargo, cuando el track del set de música correspondiente a este chakra ha terminado, sea cual fuere la experiencia vivida, no importa lo que haya emergido a la conciencia ni la intensidad que haya tenido, invitamos a la persona a observar lo ocurrido ecuánimemente, saliendo de ese estado, abrazándolo, y continuando con el siguiente chakra.

Algunos teóricos o facilitadores fuertemente identificados con una de las modalidades (femenina o masculina), pueden encontrar esta pauta de trabajo algo violenta.

Los experiencialistas dirán que cuando un proceso se abre debe continuar solo hasta su fin. Siguiendo este principio, he observado a muchas personas que ingresaban en espacios de dolor que los llevaban a estar literalmente horas llorando a gritos, repitiendo estas experiencias durante largos años una y otra vez, sin que ninguna transformación se produjera como resultado.

Por su parte, los racionalistas dirán que la movilización es peligrosa siempre y por sí misma,y que los seminarios deben transcurrir sin que ningún proceso de este tipo se abra, pues su propio temor a sus dinámicas internas, de las que están fuertemente disociados, les hace ver psicóticos en potencia en todas las personas.

Sin embargo, cuando esta actitud de entrar y salir, observar y abrazar, es fruto de un trabajo pausado y sistemático y no de una imposición autoritaria, brinda a los participantes un profundo registro de que es posible entrar en todo tipo de experiencias, vivirlas en plenitud, experimentarlas, recorrerlas, asimilarlas, aprender de ellas, y salir; para luego abrazarlas e integrarlas a la corriente natural de sus vidas como un nuevo elemento de crecimiento.

Es decir que durante nuestra práctica, los participantes se entregan y salen de todo tipo de experiencias. Vivencian apasionadamente y observan ecuánimemente sin dejar de danzar, pues la vida no se detiene. Esta actitud básica, esta “ecuanimidad apasionada” de la que nos hablaba Treya Wilber, esta danza entre Santa Teresa y Buda, Shakti y Shiva, Yin y Yang, Madre y Padre, corazón y mente, Diosa y Dios, constituye el fértil terreno sobre el cual se despliega todo el potencial transformador de la Danza Primal.

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